11 marzo 2008

El protegido

No tengo caries. Sí, es la pura verdad. No tengo ni una caries, nunca me ha dado y es muy posible que nunca vaya a darme. A pesar de que es la enfermedad más frecuente de la humanidad parece que por una extraña —y maravillosa— casualidad genética soy inmune a ella.


Nunca me ha trasnochado un dolor de muelas y en treinta y pico de años he ido al odontólogo dos veces. En ambas las auxiliares de odontología exclamaron/preguntaron sorprendidas ¡no tienes calzas! y yo con un orgullo interno y tratando de responder lo más modesto que pude dije: "No, soy inmune"


No me cepillo especialmente bien, de vez en cuando uso la seda dental y casi nunca enjuagues bucales. Mi inmunidad a la caries va más allá de sentirme bien fisicamente. En ocasiones creo que muchos factores externos e internos se tienen que conjugar para que uno sea inmune a una enfermedad (una vez leí de alguien inmune al VIH). Y eso me hace sentir bien, pero bien de verdad. Creo que por más que algo o alguien quiera que las cosas funcionen mal si posees esa especie de 'inmunidad' todo seguirá marchando normalmente, felizmente.


Y no saben ustedes cuantas aburriciones me ha evitado el hecho de pensar de que así como soy invencible a la enfermedad más común del planeta —así, y quizás sin saberlo— mágicamente soy invencible a las miles de desgracias que pudieran acontecerme.


Y me tranquilizo mucho.


Publicar un comentario