07 julio 2008

Una tarjeta no pedida

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El año pasado y sin ser consultado ni preguntado me llegó por correo. Era mi primera y resultará ser la única tarjeta de crédito de mi vida. No me había puesto en la tarea de sacar una pues ya mi esposa tenía tres y esa cantidad de tarjetas en un hogar no es un lujo sino una insensatez.

Pero esta vez ya la treta estaba hecha. Mi nombre en relieve, el diseño moderno y logo holográfico terminó por entramparme. Firmé los documentos, vinieron a mi trabajo a recogerlos y acepté la tarjeta. Casi sabía que me iba a ir mal con ella, pero aún así firmé. Terquedad le llaman algunos. Yo lo llamo brutalidad.

Resultó que desde el primer mes tuve problemas. Una de las razones por la que acepte la tarjeta es que me cobraban cuota de manejo solo desde la primera compra. Pues la primera cuota de manejo llegó desde el primer mes. Llamé a protestar pero la niña que me atendió que fue la misma que recogió los documentos me dijo algo así como que yo era el que no había entendido y que ella no podía hacer nada con eso. No quise pelear más, estaba muy ocupado y decidí aceptar la insinuación de bobo que me hizo. Era cierto, había caído por bruto y ahí estaba ella para recordármelo.

Pues ya que me estaban cobrando cuota decidí empezar a usarla y me compré unos tenis, luego un celular, despúes con el nacimiento de Danito vi que necesitaba una camara de video y ahí se fue otro tarjetazo (¿brutalidad dije ahorita?). Con tres compras ya estaba hasta el cuello. Pagué unos quinientos mil pesos que en su mayoría se fueron a los intereses y la deuda no bajó casi nada en seis meses. Por lo que hace como un mes decidí pagar todo y cancelar la tarjeta. Sería muy fácil, pensaba yo.

No, no lo era. Averigüé cuanto debía, paqué esa misma semana. Cuando fui a cancelar me dijeron que debía once mil pesos

—"¿Pero no pagué todo el sábado anterior?" dije yo.

—"Sí, pero estos son los intereses del periodo" dijo ella.

No quería alegarle a alguien que no tenía la culpa de nada (si alguien tenía la culpa ese era yo). Los pagué. Fui al otro día, ya debía casi quinientos pesos, tuve que pagarlos (sin comprar nada y a ese ritmo ahora entiendo porque los bancos ganan tanto). Hasta que —y para no alargar el cuento— por fin hubo un día que pagué todo.

—"Listo, ahora sí. Ahora debe venir mañana y traer una carta explicando las razones por las que quiere cancelar la tarjeta" dijo ella.

¿Razones? ¿razones? pensé yo ¡Si lo que tengo son razones! Igual, no le dije nada. Aunque casi nunca me quedo callado, en este tema en partícular siempre intenté no enojarme. Ellas —las niñas asesoras— no tienen la culpa. Ese es su trabajo. El culpable seguía siendo yo.

Esa carta —la de la imagen— fue la que escribí. Con sólo una de las razones que tenía. Aunque yo no pedí nunca una tarjeta, nunca les pedí un crédito, nunca me explicaron como consiguieron mi nombre, mi dirección y mi capacidad de endeudamiento yo sí tuve que explicarles porque no quería tener más vínculos con ellos.

Que me sirva de experiencia.


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