15 julio 2008

Primeras lecturas

Aprendí que las letras unas con otras tienen significado con una cartilla que se llamaba Nacho Lee. Pero a leer lo que se dice a leer aprendí con las revistas de comics y fotonovelas mexicanas de los setenta y ochenta.

En aquel entonces las revistas tipo Kalimán y Santo, la leyenda de plata estaban en pleno furor. Las personas casi ni podían esperar el viernes cada quince días a que saliera una nueva edición de su revista favorita para irla a comprar en "su quiosco más cercano". Todas las revistas se vendían ese fin de semana y encontrarlas un lunes era casi imposible. La gente coleccionaba la serie y para el fanático —que no eran pocos— la colección completa valía lo mismo que su peso en oro. Era una época en la que sólo existían dos canales públicos, la mayoría de las casas tenían una tele en blanco y negro y por supuesto no había internet ni playstation.

Por esos días viviamos con un tío de aquellos que en ese tiempo compraban Kalimán, Orión y Memín cada quince días y trataban la colección como a una niña. Pues bien no tardó el día en el que encontré su querido tesoro y ya con mi recién habilidad de juntar letras me dediqué a averiguar de qué trataba esa revista del héroe con turbante que aparecía en todas las portadas. Quedé encantado desde la primera que leí. Y mucho más por la característica de la última viñeta, característica idéntica en todas aquellas revistas de aventuras: El protagonista siempre, pero siempre estaba a punto de morir o metido en un lío del que con seguridad nunca saldría. Esa particularidad era esencial para el éxito de la serie, de lo contrario no habría motivos para comprar la siguiente y ver de qué manera se libraba nuestro héroe, que por lo general ocurría en la nueva revista y desde la primera página, sólo para encontrarse que justo en la última volvía a meterse en peligro de muerte.

Mi favorita de todas era "Kalimán, el hombre increíble", nunca mató a nadie y sin embargo ayudo a muchos de enemigos muy poderosos. "Serenidad, serenidad y mucha paciencia, pequeño Solín" solía decir. O su muy repetida frase: "Quien domina la mente, lo domina todo". Todavía tengo viñetas completas grabadas en mi mente como si hubiera ojeado la revista ayer a pesar de que hace años no veo una. Y cómo va a existir héroe sin archienemigo: La Araña Negra. Historieta magistral para mi mente en desarrollo. Hoy quizá si viera una revista o las buscará en la internet (todo está en internet) seguramente me parecería una tontería. Hay recuerdos que es mejor dejar intactos.

Pues así aprendía a leer con el agravante de que al menos en las primeras trescientas revistas no tuve que esperar quince días para leer cómo seguían. Mi tío las tenía todas ahí arrumadas consecutivamente. Fue adicción a primera vista. Tenía seis años y despúes de leerlas todos y ponerme al día no podía esperar hasta que mi tío trajera la nueva edición. Mientras pasaban esos quince días de una a la otra leía y releía las de la colección. Era una adicción total. Ahí aprendí que no tienes que viajar para conocer un lugar o que no tienes que hablar con alguien para decir que lo conoces. Aprendí con seis años y sin que nadie me lo enseñara —bueno, nadie del "mundo real"— que la mente humana es muy poderosa y que a veces la ficción puede ser el mejor de los refugios.

Hoy ya nadie lee esas historietas (por lo menos que yo conozca). El único sobreviviente de esas revistas tal vez sea "Condorito" que todavía se ve en las cajas registadoras de los supermercados. Hace años no sé nada de Kalimán, Arandú, Santo, Orión y demás superhéroes latinos. Pero a mí siempre me quedará el recuerdo de haber aprendido a leer a punta de historietas y fotonovelas mexicanas.



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