20 marzo 2007

Medellín en letras


Me perdonarán ustedes la poca frecuencia de publicación que ha tenido este blogcito pero razones de fuerza mayor me impiden escribir con mayor frecuencia (¿han intentado escribir en el teclado con una mano enyesada?). De todos modos este incoveniente no me impide acudir al famoso truco del copy+paste y para usarlo nada mejor que este artículo que salio en El Espectador escrito por el escritor Héctor Abad Faciolince. Lo pongo acá pues se me antojó de una lectura deliciosa y a que por supuesto ni en sueños pudiera yo escribir algo tan sentido sobre la ciudad donde vivo. El artículo fue escrito a propósito del IV Congreso de la Lengua Española y en la que al final de esta semana se lanzará la Gramatica Panhispánica que será conocida de ahí en adelante como la Gramática de Medellín. Ahora, sí don Héctor o El Espectador consideran incorrecto que copie descaradamente estos párrafos, solo es que lo expresen y de inmediato lo quito de acá. Ni más faltaba.

Imagen de Wikipedia

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Conviene al visitante que quiera conocer a Medellín —mi modesta ciudad de montañeros comerciantes— observarla primero desde arriba. Y aquí es fácil hacerlo si uno se encarama por la ladera de las montañas que rodean el valle del río Aburrá. En la carretera de Las Palmas, la que baja desde ese segundo piso de Medellín que es Rionegro, hay varios miradores que permiten dominar pedazos de la ciudad, de sur a norte y de oriente a occidente. También se puede trepar a la cima de uno de los morros que interrumpen a Medellín por la mitad: el Nutibara o El Volador. Estos morros, aunque están más construidos de la cuenta, se supone que son parques.

Verá desde estos miradores que el valle donde se asienta la ciudad es largo y angosto, desde La Estrella en el sur, por donde baja el río recién nacido y todavía limpio, hasta Bello en el norte, donde se encañona con toda la podredumbre que recoge a su paso por la “tacita de plata”. En la parte más amplia del valle, a la orilla oriental del curso de agua, está y estuvo siempre el centro. Lo reconocerá porque ahí, entre los vestigios del original “damero español”, se ven los edificios más altos y también la Catedral.

Pero fíjese, sobre todo, en el perfil de las montañas (verdes, azulosas y “como el borde de una copa quebrada”) que rodean la ciudad. Al lado occidental se abre la parte más baja de la cordillera, El Boquerón. Por ahí pasaban los antiguos caminos de los indios, y por ahí entraron también los conquistadores y luego los fundadores de esta villa, en realidad ya poblada desde antes por tribus insumisas. Otros dicen que entraron por Santa Elena, el camino más corto desde el altiplano de Rionegro, pero averiguar esta verdad no importa demasiado, porque nuestro pasado es una leyenda que vamos construyendo con el tiempo.

Si mira las nubes de Medellín, verá que éstas se mueven muy despacio. Tierra frenética de cielo parsimonioso. El aire se encajona en el valle y no sopla muy fuerte. Eso, aunque nos ha librado siempre de los huracanes, nos maldice también con la tenaz permanencia de la polución, que sólo en algunos domingos de diciembre se disipa.

Las casitas de los pobres y los edificios altos de los ricos trepan por la ladera de las montañas. A este paso, las edificaciones llegarán pronto hasta el borde de la cordillera y nuestra ciudad habrá perdido su corona verde y natural. Habría que ponerle un límite infranqueable a la construcción, como se hizo en Caracas, si no queremos perder el pedazo más significativo y más hermoso de nuestro paisaje, que ya está herido de muerte, es decir, de civilización.

Carrera Junín (El Astor y Versalles)

Suele haber en las ciudades un eje que va desde el poder político y económico hasta el poder eclesiástico. En Medellín, con el traslado de la alcaldía, la gobernación y los juzgados a lo que antes era la zona del Pedrero (el antiguo mercado), el eje quedó reducido a esa línea que va del poder terrenal de los banqueros al poder celestial de los clérigos. Por la carrera Junín estaban los bancos más importantes, los almacenes de moda, el Club Unión, y hace un siglo se paseaban por allí las jovencitas casaderas de la buena sociedad. Había un verbo incluso para ese ir y venir de las muchachas: juniniar.

Hoy Junín es otra cosa, una calle peatonal que hierve de ruido y de gente; ya no es un paseo, sino una incógnita, caminar por ahí. Desde el edificio de Coltejer (el más alto, el de la empresa textil que fue durante años nuestra mayor industria) hasta la Catedral, bullen el gentío, los vendedores de chucherías, los gritos y el desorden. Además, por la noche, los ladrones. Pero hay en Junín, al menos, dos asilos de calma diurna que sobreviven desde hace muchos decenios: el Astor y el Versalles. El primero, fundado por unos suizos, es una mezcla de repostería y café, y uno de los pocos sitios de Medellín que no han sucumbido a la chabacanería musical. Ahí se toma uno un jugo de guanábana o de mandarina, con un corazón o un “morito” que es como le decimos nosotros a lo que en España llaman “bollo” (una palabra sucia en Medellín). Lo visitan, sobre todo, ancianos, pero es el lugar ideal para una primera cita de amor a cualquier edad: al menos se puede conversar, que es la antesala de cualquier seducción.

Versalles, otro local muy poco versallesco, fue fundado por un argentino amable, Leonardo Nieto, y allí se vendió por primera vez pizza en Medellín; todo un hito. Junín, para él, tenía reminiscencias de Buenos Aires. Versalles, dependiendo de la hora, tiene momentos buenos y momentos decadentes. Dependiendo del cocinero, el almuerzo es comible o no. Pero las empanadas del sur son siempre ricas, y si la música no atosiga y la hora no es de furor, se puede uno tomar un café meditabundo, o charlar a sus anchas con los amigos. Cuando mis hijos eran niños, los domingos íbamos juntos a Versalles a desayunar con huevos y café.

Avenida La Playa y carrera Córdoba

Perpendicular a Junín, desde el Teatro Pablo Tobón Uribe casi hasta la Plazuela Nutibara y el Museo de Antioquia, pasa la avenida La Playa. Se llama así porque antes bajaba por ahí, al aire libre, una quebrada con agua cristalina y fresca del altiplano. Cuando la ciudad ensució el agua, el cauce se volvió hediondo y tuvieron que esconderlo debajo del asfalto para que no ofendiera las narices burguesas con su flatulencia mefítica. En el silencio de la madrugada se oye gemir el agua subterránea, encanalada.

Los árboles de La Playa eran bonitos: ceibas, gualandayes, cedros, búcaros, guayacanes… pero el humo de los carros y los buses apestó sus follajes. Quedan pocos sanos. Bajando por La Playa, a lado y lado, se pueden ver los bustos de nuestros próceres y hombres ilustres. No están todos los que son, ni son todos los que están. Faltan muchos hombres y mujeres, pero si los completáramos, sería un buen paseo por la historia de la región, o por su leyenda.

Para lograrlo, en todo caso, será necesario que se cumpla el sueño que muchos tenemos hace tiempos: que la avenida se vuelva peatonal, al menos en el centro de la vía, por donde va escondida la quebrada, y se destierren los buses y los carros. Quisiéramos, para La Playa, una rambla, pero no para llenarla de vendedores ambulantes, quioscos, negocios, chazas o chiringuitos, sino simplemente para caminar en paz bajo los árboles por un andén central.


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