18 enero 2008

Recordando a Tomás Carrasquilla

Fragmento de "En la diestra de Dios Padre" en el cual Peralta
engaña a La Muerte obligándola a quedarse en un palo de aguacate.


Hace ciento cincuenta años nació Tomás Carrasquilla. Y por estos días se están haciendo homenajes de toda índole acá en Medellín y allá en Santo Domingo el municipio antioqueño donde nació el escritor.

Leí la primera vez a Carrasquilla por la misma razón que seguramente lo ha leído la mayoría de visitantes de este este blog: Por obligación y miedo de sacar "1" en Español por allá en bachillerato. Admito que en esos años cuando leí "Frutos de mi Tierra" y "La Marquesa de Yolombó" no le presté la más mínima atención pues era la época que leía literatura francesa, inglesa y norteaméricana. Quiero decir —y ahora me avergüenza decirlo— leer a alguien de un municipio de allí a la vuelta y de esos catalogados como "costumbristas", a mi estrecha y miope mente adolescente le parecía una pérdida de tiempo. Eran los tiempos en que creía que leyendo libros de autores famosos e internacionales conseguiría más chicas. (Ahora que lo pienso mejor ¿alguna vez eso ha servido?).

Luego, por una casualidad (me encontré de repente con mucho tiempo y sin más libros) tuve que leer por necesidad otra vez los libros que antes había leído por obligación. ¡Bendita coincidencia! Mi mente un poco más abierta —y luego de haber descubierto que leer a Faulkner o a Joyce no sirve para conseguir chicas— se dedicó a disfrutar a Carrasquilla un antioqueño como yo y que caminó las mismas calles que yo. Resultó que Tomas Carrasquilla era un escritor soberbio capaz de sacar de la historia más sencilla una historia maravillosa. Costumbrista, sí. Pero con la habilidad de poder convertir estas historias pueblerinas en historias universales. Total los hombres y mujeres de su natal Santo Domingo estabán hechos de los mismo materiales que los hombres y mujeres de cualquier parte del mundo. Y con la deliciosa habilidad de escribir que capta la atención desde la primera página a la última.

Muchas veces —como en este caso— no hay que ir demasiado lejos para encontrar cosas maravillosas.



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