16 enero 2009

La Declaración

-¡Qué no quiero, no quiero ir a estudiar hoy mamá! ¡No quiero ir a estudiar nunca más! David pensaba que con estás palabras estaba siendo lo suficientemente enfático y que su madre por fin iba a desistir de llevarlo -a las malas- a estudiar. A decir verdad no iba a ser fácil convencerlo.

David tenía seis años cuando empezó a estudiar en su escuela. Esta quedaba relativamente cerca de su casa, pero sus padres tenía siempre la costumbre de llevarlo en la mañana -su padre- y recogerlo en la tarde -su madre-. David siempre demostró una extraña precocidad para los niños de su edad. Por ejemplo, cuando cumplió cinco años les dijo a sus padres que no le dieran regalos sino que guardaran el dinero y que cuando él supiera que quería comprar se lo entregaran y él mismo se encargaría de conseguirlo. Otro día le sugirió a su mamá que tuviera un hijo, pues él pensaba independizarse muy pronto y que iba a necesitar otro hijo para que cuidara de ellos en su vejez. Así era David, amoroso y detallista algunas veces pero independiente y autónomo en la mayoría de las ocasiones.

Bueno, como suele ocurrir en estos casos David se enamoró rápidamente. Con ocho años de edad y en segundo grado escolar David fijó su atención en lo que para él era la mujer más hermosa que había visto en toda su vida, que no era corta. Ocho años son, mal contados casi tres mil días, y tres mil días cuando tienes ocho años de edad son una eternidad. Ella tenía el pelo más negro que uno pudiera imaginar, con rizos que colgaban de su cabeza y que parecía llevar de la forma más natural posible. Sus ojos, si se quiere todavía más negros que su pelo y que hacía que su mirada cobrara una intensidad y una profundidad tal que David nunca pudo olvidar desde el primer día que la vio. Todo esto combinaba a la perfección con una cara hermosa y de facciones finas y estilizadas junto con un cuerpo que David nunca se cansó de apreciar.

David estaba decidido a actuar. No señor, el no iba a callar el fuego intenso que lo quemaba por dentro. Ese día después del examen deliberadamente iba a entregar su hoja en el último lugar cuando no quedara nadie, más que él y ella. Era realista, sabía que no era muy probable que su profesora sintiera lo mismo que lo que sentía él por ella. Por otra parte estaba casi seguro de que su señorita ya tendría novio pues era imposible que algún hombre no se hubiera fijado en ella antes. Aun así estaba decidido a contarle lo que él sentía. A pesar de que sólo era un niño había comprendido muy bien que no tiene mucho sentido callar sentimientos y esconder amores. Además había escuchado muchas veces decir a su padre "es mejor pedir perdón que pedir permiso".

Y lo hizo. Actuó exactamente cómo lo había planeado, total había ensayado infinidad de veces como quedarse con ella a solas y qué palabras iba a usar. No sintió temor, sus palabras salieron fluidamente, sin tartamudear ni balbucear parecía un experto, como si ya hubiera declarado su amor a mil mujeres antes que ella. Le dijo que nunca había conocido a una mujer tan bella e inteligente que su belleza sólo era comparable a las estrellas en el cielo (algo dulzón es cierto, pero vamos sólo tiene ocho años ¿no?), que la pensaba todo el día y que soñaba con ella toda la noche que ya lo había decidido y que ella sería la mujer de su vida, que lo esperara algunos años y ya vería que el iba a hacerla feliz para siempre si aceptaba ser su novia.

La profesora lo escuchó en silencio. Cuando David se calló, poniendo una de sus manos sobre su cabeza y la otra rozando cariñosamente sus mejillas le respondió dulcemente que se sentía muy privilegiada de que un jovencito como él se hubiera enamorado de ella, pero que por razones obvias de edad no tendría mucha lógica que fueran novios. Le explico con la mayor ternura posible que él primero tendría que crecer y convertirse en un hombre y que en ese momento él tal vez ni se fijaría en ella pues ella sería ya casi una anciana.

David no supo entenderlo. Salió corriendo del aula, conteniendo sus lágrimas lo más que pudo, hasta que en su cuarto a solas con las puertas cerradas, apretando sus dientes con el corazón hecho pedazos y una almohada sobre su cabeza, entre dientes juro algo que prometió cumplir para siempre:

- "¡Nunca, nunca más amaré a nadie en mi vida!"


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