06 marzo 2009

El Directorio

Acabo de recibir las páginas amarillas y las páginas blancas del directorio telefónico de Publicar. Acabo de sacar de 15 minutos para conocerlo, hojearlo y olerlo.
 
Este ritual, al que cada vez le saco menos tiempo, lo llevo haciendo desde que era niño. Por eso para mí la llegada del nuevo directorio siempre significa una oleada de sensaciones que me remiten a mi infancia cuando perfectamente podía quedarme tres o cuatro horas hojeando (y ojeando) las nuevas páginas del directorio recién bajado de los renolitos cuatro que lo entregaban en esos días en mi barrio.
 
¿Qué era lo que podía sacar de la lectura del directorio? Miraba de todo. Por ejemplo creo que soy de las pocas personas que se ha leído el Contrato de Condiciones Uniformes que te obliga con la empresa de teléfonos, de acueducto y alcantarillado y de energía eléctrica (en mi caso las EPM). Y no los he leído un par de veces apenas, los leí varias veces hasta que el tiempo que le podía invertir al ritual se fue reduciendo drásticamente debido a otras ocupaciones, menos divertidas (sí, menos divertidas y si no cree péguele una leída a esos contratos y verá) pero más necesarias como estudiar y trabajar.
 
Las páginas amarillas son una mina infinita de nombres de empresas alucinantes y logotipos horribles. Así como las páginas blancas son una fuente inagotable de nombres raros y 'sintocayos'. Dedicaba horas a encontrarlos. Hacía rankings con los apellidos más comunes así como buscaba los apellidos más raros. Me sentí cómplice de Raiman cuando en una escena se pone a leer desde la "A" el directorio con la salvedad de que él se lo memorizaba completo. Y me sentía un héroe cuando encontraba en ese océano de letras y números los teléfonos y las direcciones de los papás de mis amigos.
 
En ese tiempo me quedaba tardes jugando con él. Hoy apenas pude sacar unos minutos para comprobar si Haceb y Punto Blanco seguían pautando las contraportadas de los volúmenes. Haceb todavía continúa, Punto Blanco no. ¿Efecto de la crisis? No sé, pero recuerdo que siempre quise saber cuánto tiene que pagar alguien para aparecer en esa parte del directorio.
 
Lo más chistoso de todo es que jamás uso el directorio para lo que fue creado, es decir, cuando necesito un teléfono uso el servicio en internet o sencillamente llamo al 113.
 
Porque para mí el directorio tiene el uso menos convencional de todos: me entretiene.
 
 
 
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